Salimos de Puerto Natales muy temprano, desde uno de los antiguos muelles de la ciudad. El barco nos lleva a recorrer el fiordo de la Última Esperanza. El día es bueno, pero algo nuboso. Desde la cubierta del barco, en la que entramos y salimos para esquivar el frío cortante del aire, vemos colonias de cormoranes y de leones marinos. También nos acercamos a glaciares, el más impresionante, el de Balmaceda, donde desembarcamos para dar un breve paseo hasta su lengua. Allí nos explican someramente la mecánica de formación de estos ríos helados y también de su evolución. En los últimos tiempos, todos los glaciares se han ido retrayendo. Ese retroceso nos permite observar los tremendos efectos de su erosión, como morrenas y cuencas que llenan lagos blanquecinos por la “harina” de roca producto del desgaste de la roca.
Comemos salmón en una pequeña hostería con vistas al glaciar que hemos visitado. Comida que se nos repetirá a lo largo del día. En el embarcadero donde encontramos a un pequeño Martín Pescador tomamos una zodiac en la que remontaremos el río Serrano, en una travesía que dura aproximadamente una hora, hasta la entrada del Parque Nacional.
El viaje termina, tras un excitante trayecto por un estrecho puente, en el refugio Las Torres. Es acogedor, pero un poco más impersonal que otros alojamientos puramente chilenos por la presencia de tanto extranjero, mayormente europeo.

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