jueves, 1 de diciembre de 2011

ALGO INOLVIDABLE


Llegó el día D, la hora H, por cierto, vaya hora, las seis de la mañana! El momento M, un punto de inflexión en el viaje, quizá, casi seguro el más exigente física y mentalmente. Hoy nos espera, claro está, la ascensión al volcán Villarrica. 

Desde que lo contratamos soñamos y tenemos pesadillas con él. El volcán Villarrica es un enclave maravilloso, una montaña perfecta, la que pintaríamos niños y mayores si nos piden dibujar un volcán. El interés de este sitio no es sólo uno. Estamos ante un volcán cubierto de nieve, que además está activo y llameante. Vale exagero, sólo expulsa gases pero constantemente. Por eso subirlo no es sólo cuestión de forma física, también el tiempo influye mucho. Se asciende por la cara norte y si hay viento en el cráter que lanza los gases hacia la cara de subida, la excursión se cancela. Si el tiempo es malo también. Son muchos los peligros que pueden sorprender en esta montaña, más de los normales.

Pero todo hoy parece estar de nuestro lado. Nos recogen en el hotel y nos llevan al punto de salida. El equipo ya lo conocemos, tuvimos que probárnoslo el día anterior y con él parece que vamos a conquistar el Everest con Edmund Hillary. 

Emprendemos la marcha, el volcán se ve claramente perfilado durante todo el camino, como amenazante. El microbús deja al grupo en la base de la montaña, desde aquí ni se ve la cima. Comenzamos a subir, en primer lugar hasta la base de los remontes usados normalmente en épocas de ski. Creo que prometí hace tiempo que nunca subiría en nada igual, que no lo necesitaría porque no me gusta la nieve. Aquí subir en el telesilla ahorra un desnivel de 400 metros, no se hable más, lo cogemos. Este artilugio da algo de pánico, te sientas en marcha y nada te sujeta a la silla, además llevas una mochila de unos 6-7 kilos delante tuyo. No es aconsejable estornudar. La bajada es lo más sencillo, dos hombres ayudan a los pasajeros a saltar del asiento, están acostumbrados a la poca experiencia de los turistas. A partir de aquí se acabaron las ayudas, ahora todo el trabajo tiene que ser hecho por uno mismo.

Los siete guías que nos acompañan dan instrucciones de como actuar en la subida, como se usa el piolet, que hacer en caso de caída por la pendiente. Es preferible no tener que poner en práctica esto último, cuando caemos no creo que haya tiempo de aplicar instrucciones tan complejas. Espero que el instinto de supervivencia nos dicte qué hacer.

Se asciende haciendo eses, la única forma de hacer más liviana la gran pendiente. Es mejor fijar la vista en el camino, mirar hacia arriba nos recuerda el largo camino que queda, hacia abajo es peor, sólo nos hace imaginar una laaaarga caída sin nada que nos frene... El volcán está ocupado por turistas que en sus ascensiones, parece que estuvieran arañando el monte, extrayéndole la salvia. En algunos tramos son tantas las pisadas que se ha formado una escalera. Se agradecen estos tramos más sencillos para la ascensión.

Rápidamente los españoles formamos el vagón de cola, sólo unos suecos se quedan a nuestro ritmo. El resto, europeos, israelíes y quizá algún norteamericano avanzan con total ligereza. Sebastián, uno de los guías, nos acompañará todo el camino. La guía Francis también pasa bastante tiempo con nosotros. Gracias chicos! Así pasamos más de tres horas, ascensión, parada para tomar fuerzas, crema y más crema, cacao, agua, barrita, y a seguir. Somos una procesión con sus paradas, su sufrimiento. Pero las vistas son únicas, el valle, la nieve, las montañas, y el cráter cada vez más cerca. Hay momentos en los que parece que el desfallecimiento vence, pero las ganas de llegar pueden con todo. Y ahí está! El humo y el olor a azufre nos golpea la cara, desagradable, pero la señal de que estamos en la cumbre. Nunca vimos nada igual, nunca llegamos a ningún sitio parecido, una experiencia inolvidable. 

Paseamos por la cima, la nieve continua acaba de perderse, pero incluso dentro del cráter se ven restos de nieve que resisten las temperaturas. No se llega a ver el fondo, no brota lava, la nube es tan densa que no vemos prácticamente hacia dentro. Pasamos poco rato en la cumbre, no es sano estar allí, y siendo los últimos tampoco tenemos demasiado tiempo que perder.

Ahora nos espera el descenso, si la subida fue dura y larga, la bajada se puede eternizar. Pero una sorpresa nos espera, ya nos habían dicho que podía hacerse y la verdad, no nos dan opción. Nos vestimos para conquistar el Everest, parecemos buzos, no tenemos casi movilidad, y así ahí vamos, a lanzarnos en trineo! El trineo es una especie de escupidera plana, al menos eso me recordaba. Desde la misma cumbre nos sentamos en la parte alta del columpio y nos dejamos caer, allá vaaaamoooos!! Cuando la chorrera se acaba hay que buscar otra, colocarse, poner el piolet a modo de timón y vuelta a la diversión. El peligro parece poco, aunque más de una vez nos salimos del camino trazado y acabamos rodando o dando volteretas, es fácil coger mucha velocidad, controlarlo necesita de práctica y no tener miedo. 
Perdemos el piolet, rodamos, gritamos, golpeamos al de delante, todo puede pasar porque el peligro es poco. Y al final descendemos en cuarenta y cinco minutos!!! Y si quitamos las explicaciones y esperas para dejarse llevar por el trampolín, quizá podamos reducirlo a veinte. Sí, tanto esfuerzo para acabar bajando en tan poco tiempo. Y es que vale mucho la pena, ha sido tan divertido que repetiría! Pero no mañana.

Vuelta a Pucón, en el camino es imposible dejar de admirar la montaña conquistada. En la oficina bajamos y compartimos un rato de charla con los guías y resto de participantes. Los chicos nos dan el plan perfecto para la tarde, las termas Los Pozones. Una tierra volcánicamente activa tiene sus ventajas e inconvenientes. Los pueblos tienen una caseta que indica si hay alarma volcánica, la última erupción del Villarrica fue en 1960, y no es el único en la zona. A su vez, la zona está llena de termas de muy diferentes ambientes, para todos los gustos.

Los Pozones son seis pozas al aire libre en un entorno idílico, junto al río, rodeados de árboles de más de diez metros de altura. Las temperaturas varían unos veinte grados, entre veinticinco y cuarenta y cinco. Difícil aguantar en algunas de ellas. Vamos cambiando de unas a otras, hay que probarlo todo, saltamos de la templada a la caliente.

El día ha sido completo, no podríamos pedir más, hemos disfrutado, nos hemos relajado, reído, sufrido. Sólo queda reponer fuerzas y caer rendidos como si fueramos niños de dos años. Nos lo hemos ganado.

La naturaleza en Chile


Llevamos sólo dos días en contacto con la naturaleza chilena y son muchas las sensaciones que hemos tenido. Por ejemplo, al ir descubriendo cada nuevo árbol, un nuevo animalito, olores diferentes, paisajes sobrecogedores...todas estas sensación quedan perfectamente resumidas en este hermoso párrafo escrito por Pablo Neruda:
...Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros, entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso, el enmarañado bosque chileno...Se hunden los pies en el follaje muerto, crepitó una rama quebradiza, los gigantes raulíes levantan su encrespada estatura, un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre los sombríos ramajes. Y luego desde su escondite suena como un oboe...Me entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo...El ciprés de las guaitecas intercepta mi paso...Es un mundo vertical: una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas...Tropiezo en una piedra, escarbo la cavidad descubierta, una inmensa araña de cabellera roja me mira con ojos fijos, inmóvil, grande como un cangrejo...Al pasar cruzo un bosque de helechos mucho más alto que mi persona, un tronco podrido, qué tesoro!...Hongos negros y azules le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas, como una emanación, como que al tronco muerto se le escapara el alma...Más lejos cada árbol se separó de sus semejantes...Se yerguen sobre la alfombra de la selva secreta, y cada uno de los follajes, lineal, encrespado, ramoso, lanceolado, tiene un estilo diferente, como cortado por una tijera de movimientos infinitos...Vuela una mariposa pura como un limón, danzando entre el agua y la luz..En la altura, como gotas arteriales de la selva mágica se cimbran los copihues rojos...El copihue rojo es la flor de la sangre, el copihue blanco es la flor de la nieve...En un temblor de hojas atravesó el silencio la velocidad de un zorro, pero el silencio es la ley de estos follajes...Apenas el grito lejano de un animal confuso, la intersección penetrante de un pájaro escondido, el universo vegetal susurra apenas hasta que una tempestad ponga en acción toda la música terrestre.
Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El parque nacional de Huerquehue

Huerquehue significa en mapuche "el lugar de los mensajeros". Es nuestro destino del día.

Llegamos por la mañana algo cansados después del viaje nocturno en autobús. Fueron doce horas, y por suerte por la noche, porque durmiendo se nos hicieron más cortas. De hecho, a Carolina se le hicieron brevísimas porque durmió once horas. Los demás no fuimos tan afortunados.

Cuando llegamos a Pucón, nuestra primera impresión fue la de un pueblo vaquero. Vemos muchísimas aves rapaces volando en las mismas calles y apoyadas sobre postes de la luz, casas o en el mismo asfalto. La disposición es de calles rectilíneas y pocas manzanas (cuadras) en las que hay sobre todo agencias de multiaventura y turismo, restaurantes y supermercados. El pueblo está muy enfocado al turismo. Caminamos hasta el hotel -el Lounge Brasil- donde nos espera la dueña, una mujer muy risueña y sonriente. Es una casita de madera con tejado a dos aguas; Lourdes e Ismael se alojan en la habitación Oveja, y Caro y Luis en la habitación Gorila. Claramente han hecho un estudio antropológico antes de alojarnos. Nos gusta el estilo, relajado y acogedor.

Después de dejar el equipaje corremos hasta la agencia que nos llevará al parque. Nos llevamos una sorpresa; La agencia consideró que nuestra reserva estaba "no confirmada", a pesar de todos los correos que intercambiamos con ellos en los que nos indicaban lo contrario. Al parecer, un fallo del operador telefónico. No nos lo creemos y nos apuntamos mentalmente el volver a contactar con todas nuestras reservas para asegurarnos.

Al final nos meten en uno de los grupos que ya habían salido hacia el parque nacional y salimos disparados a hacer la ruta de los lagos, que nos llevará a visitar el lago chico, el lago verde y el lago toro, rodeados de enormes y ancianas araucarias, con las montañas nevadas encuadrando el conjunto. El guía nos explica los distintos árboles que vamos encontrando y encontramos algunas arañas curiosas (como la araña pollito) por el camino hacia los lagos. Es una ruta sencilla que compartimos con unos simpáticos estadounidenses, que sin embargo nos retrasan un tanto por su edad avanzada.

A la vuelta corremos de nuevo a visitar la agencia de viajes para mañana, que nos llevará hasta lo alto del volcán Villarica. ¡Tenemos que probarnos el equipo de nieve antes de subir! ¡Qué nervios!

martes, 29 de noviembre de 2011

UN DÍA EN VALPARAISO

Los recorridos por Valparaiso podrían ser eternos, dicen que sólo el que nació allí y lleva toda su vida en esta ciudad puede conocerla realmente, saber de cada sitio, cada cerro, sus historias. Y me lo creo. De la ciudad no se suele visitar ni un diez por ciento. Sus cuarenta y cinco cerros se extienden más allá de cualquier visión que se pueda tener de la ciudad, sólo quizá llegando por mar se podrían contemplar casi todos. Los hay de todo tipo, los turísticos, los de la gente que lleva toda la vida allí, los pobres, los ricos, elegantes, hippies pijos... todo se puede encontrar en esta ciudad en. formato cerro. Por la mañana recorrimos la avenida Alemania, una especie de anillo desde el que se ven bonitas vistas de la ciudad, hacia el mar y hacia todos estos montículos cubiertos de colores. La mayoría de los accesibles desde aquí son elegantes, con bonitas construcciones. La Sebastiana tiene un lugar privilegiado,quizá a la fecha de su construcción esto no fuera tan evidente. 

La bajada desde ahí al centro nos lleva por calles habitadas por vecinos de la ciudad. Algunas de ellas nos hacen dudar de su seguridad, algún vecino nos avisa de los peligros que pueden tener algunas calles colindantes. La tranquilidad de la zona turística deja paso a una cierta inseguridad. Y es que parece que junto a la calle más elegante se puede esconder el mayor suburbio. Preferimos dar un rodeo y acercanos al próximo destino llegando desde el Plan, la zona llana de la ciudad que comunica los cerros de la zona más baja con el mar. Decir mar suena bien, pero su mejor visión es desde lejos, desde los cerros nuevamente. El plan está totalmente separado del litoral por unas vías de tranvía que afean el paisaje. En cualquier caso aquí no hay playa, sólo un puerto enorme que durante el s. XIX dio importancia y riqueza a la ciudad y la llevo a convertirse en algo parecido a lo que es hoy.

En la plaza Victoria se concentra mucha vida, también se concentran chavales alrededor nuestra y preferimos parar poco y continuar nuestro camino. Sobre ella el cero Bellavista, uno de los más famosos por los murales que decoran muchas paredes. Por eso se le llama "el museo a cielo abierto". El enorme funicular que un día transportó a los vecinos a la parte alta, ya no funciona, como tantos en la ciudad. Bajamos nuevamente al Plan, ya hemos comprobado que no es buena solución atajar por los cerros. 

Los cerros Concepción y Alegre, separados por una calle, son acogedores, alegres, más bien modestos, bohemios sobre todo. Las escaleras estrechas y laberínticas nos conducen por zonas coloridas siempre, parece que por aquí empezó la rehabilitación de la ciudad y por eso esta zona es patrimonio de la humanidad. En un extremo está el palacio Baburrizza en rehabilitación.

Bajamos mil y un escalones y llegamos a las plazas Sotomayor y Matriz. En el barrio Artilleria el funicular sigue funcionando y queremos probarlo. Tan pronto se pasa la entrada ya se está dentro del vagón, que Caro rebautiza como “caja de cerillas”. El traqueteo es el de un tren antiguo, el desnivel que subimos, mucho. Rápidamente estamos arriba, un mirador sobre el puerto y parte de la ciudad, el museo naval y un barrio poco cuidado nos espera arriba.




La hora de la partida se acerca cada vez más, al final del día tomaremos el bus hasta Pucón, toda una noche de viaje. Antes queremos visitar el otro extremo de la ciudad, el que nos comentó María, la camarera vallisoletana del Vinilo. Cogeremos un micro que nos llevará a Jumbo, Como no tenemos ni idea, el primero que pasa anunciando Jumbo nos sirve y montamos en él. Y por sorpresa éste nos mete por todos los cerros posibles, callejuelas, rincones, sólo nos falta transitar las escaleras. A una velocidad de vértigo para el tipo de calles, hacemos el recorrido turístico.

Descendemos en lo alto de Avenida Argentina y nos acercamos al único ascensor de la ciudad, el resto de remontes son funiculares. Éste es muy curioso, nos traslada a otra época, estamos metidos en una mina, un pasadizo larguísimo que en su día sirvió para acarrear minerales, nos lleva a la base del ascensor, encajonado en la piedra. No apto para claustrofóbicos. Salimos a la luz e intentamos bajar a través de los cerros al mar, siguiendo la ruta aconsejada para turistas. Pero parece poco aconsejable, nos vamos a encontrar en callejas llenas de escombros, casas viejas y personajes algo sospechosos. No nos atrevemos, menos aún cuando preguntamos y nos dicen que “para nada andemos por ahí”. Realmente da la impresión de que estuviéramos en las favelas de Río. Bajamos por la avenida principal, más apta para turistas, hasta el mar. Allí lo que parecen los restos de una antigua construcción del puerto ha sido ocupada en sus dos plantas por aves y leones marinos. Disfrutamos un rato de sus escasos movimientos, bramidos, peleas, incluso alguno se aventura al agua. Parece increible que un animal tan poco ágil pueda saltar y nadar como lo hace. Es la última visita a Valparaiso, una ciudad llena de vida y constrastes, quizá única. 



Paseando por Valparaíso


Estamos detenidos en mitad del Museo a Cielo Abierto, entre las calles serpenteantes que caen al mar. En Valparaíso. Estamos tomando unos sandwich calientes, y jugos y batidos. Nos refrescamos y descansamos. Y es ahora cuando podemos, en mitad del descanso, echar la vista atrás y recordar el día precioso que hemos vivido.

Venimos de las calles Ferrari y Yerbas Buenas, bajando del cerro Florida al que llegamos recorriendo la panorámica avenida Alemania. Esta avenida baja y sube por varios de los cerros más pintorescos de la ciudad, siempre con la bahía en el centro del objetivo. Las casas en Valparaíso son multicolores y heterogéneas, altas y bajas, sucias y viejas en su gran mayoría. Y están diseminadas por muchos, muchos cerros que rodean la bahía y van más allá. Las calles que las comunican tienen pendientes absurdas y escaleras de colores que cruzan las lomas rizadas, otorgando un especialísimo aroma, inodoro, a la ciudad.

Antes de abandonar la avenida Alemania visitamos la Sebastiana, la tercera casa de Neruda. Domina la ciudad ondulante y sus calles empinadas, ascendentes y despeñadas como ninguna. Es un recinto tranquilo con unas vistas magníficas. El nombre de la casa es en honor a su primer dueño, un español. Paseamos por sus habitaciones verticales que nos ofrecen una vista al mar cada vez más grande y azul. La casa se visita con audioguía y la voz de Neruda resuena en las paredes. A mí me impresiona uno de sus cuadros. Como en las otras, un bar es el punto de reunión con sus amigos. Lástima que nosotros no podamos tomar nada. El sillón de Pablo, la Nube, sigue esperando al poeta y a sus reflexiones.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Cena mágica

Nada más entrar al restaurante Vinilo, en el cerro Alegre, nos invitan a tener paciencia. Está decorado de manera original y suena música de tocadiscos. Hay entre las mesas una barra de mármol en la que varias parejas conversan. Dudamos si quedarnos, porque nos dicen que está lleno. Nos lo habían recomendado así que decidimos acertar y nos sentamos en la barra con el resto de parroquianos.

Estamos sentados en fila y frente a nosotros tenemos a un chileno y a su mujer americana, junto a una amiga rusa de ambos. Comienza una conversación. Hablamos de muchas cosas; de la herencia española, de los inmigrantes, de la crisis, de la vida en uno y otro lugar. De la lucha entre Argentina y Chile, de la pugna por el agua dulce que arranca en la Patagonia. Y del fútbol, por supuesto. El chileno se llama Pato y es, como dice Luis, una wikipedia andante. Nos abruma con su conocimiento de fechas y lugares.

Nos vemos transportados al verdadero Valparaíso con sus historias y sus gentes. Descubrimos que en el interior aún se conserva el habla andaluza de los muchos inmigrantes sureños de España. Carolina entabla conversación con una pareja de ancianos franceses, cuyos antepasados tuvieron que huir durante la guerra civil por ser republicanos. La camarera, María, se une y nos cuenta de su vida en Valparaíso. Es burgalesa, el mundo en un pañuelo.

Aprendemos que hubo un tiempo en el que, debido al toque de queda, las personas que querían salir de marcha no podían regresar a sus casas antes del amanecer, y que esto dio nombre a las llamadas "fiestas de corrido", dentro de los bares cerrados. Hablamos también con el cocinero, que nos invita a visitar su perfil en facebook. Y finalmente, vemos cómo pasan las horas tomando cerveza y pisco sour entre historia e historia.

Cuando por fin nos dan una mesa, el ambiente es mágico. Todos los que entran o salen del bar saludan y nos sentimos a gusto . Carolina, con ardor y pasión, nos deja otra frase sobre la que discutimos y reímos; la palabra clave de la inspirada frase es pelandusca. Pero eso es otra historia.



Posdata: Caro y Lurdes cenan Mahi-mahi, el pescado típico de Isla de Pascua. Luis cena salmón sobre té ahumado e Ismael, carne arrollada. Entrantes, queso de cabra y ceviche. Postre, brownie de chocolate.

ÚLTIMO PASEO POR SANTIAGO

Hoy el objetivo es ver Santiago. Empezamos el día más tarde de lo esperado. Nos despedimos de Nacho, el dueño del hostal, un hombre agradable que siempre tiene un rato para charlar con sus clientes. Salimos hacia metro República y desde allí recorreremos el camino de vuelta a través de la ciudad.

El barrio Brasil es amplio y tranquilo, lleno de  negocios de repuestos de coches, herramientas, muestra que no es un barrio "bien" pero que tiene un toque agradable, primaveral. Vuelve a todos el recuerdo de Málaga, las jacarandas, los parques de albero, parece que volvemos a nuestra juventud. Pasamos por unas calles muy típicas, Concha y Toro, adoquinadas y con casas palaciegas de diferentes decoraciones, medieval, modernista. Aunque Santiago puede parecer en ciertos casos monótona, a veces nos encontramos con rincones especiales, como las calles París y Londres, un cachito del viejo mundo en el centro de Santiago. Allí son nuevamente los adoquines, las calles con curvas y las pequeñas plazas lo que las diferencia del resto de la ciudad.

Volvemos al centro cívico, nos queda por visitar la parte más histórica que ya vimos ligeramente la primera noche. El palacio de la Moneda está cerrado al público porque el presidente Piñera se nos adelantó y lo tiene hoy ocupado. Subimos el cerro de Santa Lucía, un montículo lleno de entretenimientos, actividades, fuentes monumentales, miradores, nos divertimos recorriéndolo todo. Bajamos hacia calle Lastarria, otro lugar especial y diferente con mil restaurantes con encanto. La plaza de Armas es el centro neurálgico de la ciudad, allí todos los edificios tienen una historia, la catedral, museo, Ayuntamiento. Y el centro de la plaza está lleno de vida, el kiosko está a rebosar de gente que participa un torneo de ajedrez, otros observan, los predicadores cuentan una versión personal del apocalipsis o intentar convencer al pueblo de su conversión, gente que pasea, turistas, ciudadanos... Es pura vida lo que se respira aquí.

El plan es comer en el mercado central, un lugar en el que se mezcla la tradición y la modernidad, el ambiente de un mercado de abastos y los restaurantes turísticos donde se sirve sobre todo pescado. Allí nos dividimos, Caro y Luis quieren visitar el poblado de los dominicos, quizá la mayor feria de artesanía del país, e Isma y yo preferimos comer en un restaurante de la zona y descansar un poco los pies. Aprovechamos para empezar a probar platos chilenos, como el caldillo de congrio, el manjar preferido de Pablo Neruda, y el congrio frito. El sitio es pequeño, poco turístico, algo sucio, acogedor y sirve muy buena comida. Disfrutamos del descanso, de las bromas y la conversación del camarero(en general es difícil encontrar a algún chileno que no sea simpático), de brindar con los que ocupan la mesa junto a nosotros. Poco a poco vamos cogiendo cariño a este país.

El último rato antes de la partida es para un último paseo, visitar algún que otro edificio muy antiguo (s. XVII-XVIII) de la época colonial y vuelta al hotel, recoger las maletas y marchar hacia el nuevo destino, Valparaiso.